Muchos se están
quejando de las camarillas en el mundo literario; y están en lo cierto, por una
razón particular, aunque no estoy seguro de que lo sepan. El descontento, como
muchos de los descontentos actuales, tiene cierta desventaja: que no distingue
entre las molestias normales de la vida humana y las molestias especiales de la
vida actual. Bajo ninguna condición debemos estar todos en contacto en iguales
proporciones, ni distribuir de manera uniforme una justicia desapasionada, como
si fuera el Día del Juicio. Es natural que los hombres pertenezcan a un club, y
es natural que los otros hombres que no pertenecen al club lo llamen una
camarilla, y buena parte de lo que se llama comercio de favores es tan sencillo
como los simples favores. Me he dado cuenta de que, casi siempre que un hombre generoso
y entusiasta le hace un favor a un amigo,
se queja con amargura del comercio de favores entre sus enemigos. Pero nadie me
prohíbe considerar que un escritor es inteligente, incluso si se trata de mi
amigo. Tal vez se me permita la vanidad de suponer que su inteligencia es la
razón para que sea mi amigo; o al menos que se hizo mi amigo en parte porque
pensé que era inteligente. Es obvio que la relación se preste a los abusos. El
método que siempre he elegido es el de elogiar el mérito del trabajo público de
un amigo de manera tan amable como me parezca, pero siempre menciono la amistad
privada junto con el mérito público. Así cualquiera tiene la libertad de
descartar mi juicio, si siente que debe ser descartado. Pero hay otra cosa mala
en las camarillas, en el club que cultiva una especial variedad de cultura. El
artista que pertenece a un grupo de esos tiene la tendencia no sólo a hablar de
su oficio, sino también de la carpintería de su oficio. Hablan más de métodos de
producción que de productos de perfección. Como estudiantes de arte que no
paran de hablar, se muestran su trabajo antes de terminarlo; y como perezosos
estudiantes de arte, con frecuencia encuentran en ello una excusa perfecta para
nunca terminarlo.
El trabajo
perfecto es para el mundo; para el mundo tonto, digo. El trabajo imperfecto
es para la clase, para el club, para la camarilla; en otras palabras para los
simpatizantes. Mostramos nuestros peores esfuerzos a los más inteligentes; y
reservamos nuestros mejores esfuerzos para los lerdos – esto es, el supremo y
sagrado deber de toda expresión creativa: el de tener filo suficiente para
lacerar incluso la mente de los lerdos. Porque, cualquiera que sea la
naturaleza de la creación, lo cierto es que participa de la naturaleza de la
traducción; consiste en traducir algo desde el oscuro alfabeto y el infantil
lenguaje secreto de nuestra alma hasta el totalmente distinto lenguaje público que
hablamos con nuestra lengua. Si esa traducción fuera perfecta, si los vocablos
y expresiones correspondieran, sería tan claro para el hombre de la calle como
para el hombre del club. No sería necesario mostrarlo con guiños fragmentarios al
hombre de la camarilla. Pero como nuestra expresión es imperfecta necesitamos
amistades que compensen las imperfecciones. Alguien con nuestros propios gustos
entenderá lo que decimos antes de que lo expresemos; de hecho, mucho antes de
que esté perfectamente expresado. Así empezamos a abandonar la vieja idea de
que la tarea del autor es explicarse, y adoptamos la idea de que la tarea de la
camarilla es la de entender al autor, e incluso de explicarlo, cuando se niega
a explicarse.
Un esteta famoso
decía que el poeta que es admirado por poetas debía ser el más grande de los
poetas. Me permito dudarlo. Se me ocurre que,
en un caso como ese, los poetas están aliados con el poeta. La belleza que
observan en su trabajo es tanto obra suya como del poeta. Así como los poetas
pueden ver en un arbusto o una nube más de lo que ven los otros, así mismo
pueden ver más que los otros en cada epíteto y metáfora. Detrás del adjetivo
más extravagante y de la metáfora más disparatada podrán adivinar algo de lo
que se quiso decir, en especial si se trata de poetas de su propia escuela. No
es que esas palabras sean la expresión más perfecta y completa de lo que el
poeta quiso decir. Si lo fueran, no parecerían extravagantes o disparatadas. En
otras palabras, el poeta no ha hecho de veras su peregrinaje desde el Paraíso
hasta Putney (con mis disculpas para el fantasma de Swinburne), sino que una
comisión de almas selectas y fastidiosas de Putney ha salido a su encuentro a
mitad de camino. El poeta no ha cumplido por completo la función de traducir a
literatura pensamientos vivos. Todavía necesita de un intérprete, y una multitud
de intérpretes se ha apurado de manera aplicada a situarse entre el poeta y el
público. La multitud es la camarilla, y pienso que hace daño, porque intercepta
el proceso de perfeccionamiento de la expresión humana. No está mal que aliente
al gran hombre para que hable. Está mal porque desalienta al gran hombre para
que hable con claridad. Los sacerdotes y sacerdotisas del templo se enorgullecen
de que el oráculo siga siendo oracular. La amplia y vaga revolución que
llamamos el mundo moderno empezó más o menos cuando los hombres exigieron que
las Escrituras fueran traducidas al inglés. Ha terminado cuando nadie se atreve
a exigir que los poetas ingleses sean traducidos al inglés. Ha terminado con
una nueva raza de pedantes que se sienten muy orgullosos de leer al poeta en el
original, en una actitud provocadora, y mientras leen murmuran que el original
es muy original.
Esta es la
paradoja de la camarilla: que la conforman aquellos que entienden algo y que no
quieren que nadie más lo entienda; no desean que sea entendible. Pero un grupo
así debe por su naturaleza ser pequeño, y su tendencia es la de hacer más
pequeño el mundo de la cultura. Lo conforman aquellos que por casualidad están cerca
de una mentalidad única y perversa como para adivinar que un hombre quiere
decir algo que todavía no es capaz de decir; así como el detective puede
sentirse orgulloso de haber sacado alguna información valiosa de un lunático que además es ciego y sordo. Pero
esto no ayuda a aumentar el poder de expresión del poeta o el poder de
entendimiento del público. Lo ideal es que el poeta ponga lo que quiere decir
en el lenguaje de la gente, y que la gente disfrute mucho más lo que el poeta
quiso decir. Esa es la verdadera educación popular; y, si de verdad la
poseyéramos, apenas necesitaríamos de ninguna otra. Uno de los bandos en la
disputa insistirá en que el público debe esforzarse más para entender al poeta;
y debería ser así. Pero el otro bando puede responder que el poeta debe
esforzarse más para terminar sus poemas; y debe ser así. No es algo insignificante o convencional o quisquilloso. Se trata de no dejar tres cuartos del poema
dentro del poeta, mientras que el resto que apenas se asoma suele ser la cola.
Hoy en día,
incluso los buenos poetas no escriben buenos poemas, sino apuntes para poemas. Les
parece suficiente registrar, como en una especie de diario desarticulado, que los
invadió una conmovedora sensación de futilidad cuando vieron un sombrero viejo y
solitario en una percha, o un indescriptible impulso de rebelión cuando vieron
un vaso roto en un bote de basura suburbano. Y entonces llega el crítico amigo
a decir (con sinceridad, no hay duda) que puede imaginarse el estremecimiento
frente a la percha o las lágrimas frente al bote de basura. Pero eso solo
quiere decir que un hombre puede imaginar lo imaginario; no, que lo imaginario haya
sido comunicado a través de la imagen. Lejos estoy de negar que un gran poeta
puede lograr un giro de estilo que haría de una percha o un bote de basura algo
sublime, como Shakespere lo hizo con una aguja y un ojete. Pero, si se examinan
esos pasajes, se verá que en ninguna parte el gran poeta estudió con tanta
sutileza el mejor estilo que cuando intentaba expresar objetos tan sencillos. En
todo caso, no se limitó a mencionar esos objetos, para después decir que lo
habían llenado de emociones indescriptibles. Se propuso describir lo indescriptible.
Ese es todo el asunto de la literatura, y es un jardín difícil de cultivar.
De "All I survey" (1933)
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